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A todos los que os asomáis a este rincón, gracias. A todos los que compartís un pedazo de tiempo vestido de letras, gracias.
A todos aquellos que aún creen firmemente que la palabra es un alimento para el alma ¡¡gracias!!
"Poesía es la unión de dos palabras que uno nunca supuso que pudieran juntarse, y que forman algo así como un misterio"
Federico García Lorca
"Lo admirable es que el hombre siga luchando y creando belleza en medio de un mundo bárbaro y hostil."
Ernesto Sábato
"La vida es aquello que te va sucediendo mientras te empeñas en hacer otros planes."
John Lennon
"Cuida tus pensamientos porque se volverán palabras. Cuida tus palabras porque se transformarán en actos. Cuida tus actos porque se harán costumbre. Cuida tus costumbres porque forjarán tu carácter. Cuida tu carácter porque formará tu destino y tu destino será tu vida..."
Gandhi.
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viernes, 21 de octubre de 2011
¿Locura? ¿temporal?
En ocasiones, amanezco sitiada por un bosque espeso de densa tristeza. Es un lugar áspero, donde la niebla y el frío atenazan la garganta, traspasando las fronteras de la piel. No entra luz. No hay forma de saber dónde está la entrada o la salida…
Camino despacio. Arrastrando los pies. Sé que estoy pisando el suelo aunque no pueda sentir su firmeza o tal vez ande subiendo por la corteza de un viejo árbol cansado, cansado de almacenar nostalgias tras la sombra o tal vez la espesura de la niebla sea tal, que ha adquirido la dureza del terreno y yo ande cabeza abajo sin darme ni cuenta.
Lo cierto es que cuando amanezco así, vestida de gris, no me encuentro. Pierdo la brújula. Me desbarato. Y podría fácilmente empezar a morderme los pies y no ser consciente de que si me devoro a mi misma dejaría de existir, no solo allí (en ese inhóspito lugar) si no también aquí, en este otro paisaje, al que llamamos realidad y aparenta ser algo más amable y llevadero.
Aunque ahora que lo pienso…no es tan amable. No. No lo es en absoluto. Está lleno de mentes profanadas por profundos agujeros oscuros, de túneles inexplorables, irrespirables… en ocasiones hasta puedo percibir el olor de la miseria humana. Es un olor insoportable. Traspasa como una daga. Se infiltra en los sentidos y los sacude. No hablo de la pobreza material que también puede provocar la mal llamada miseria. Hablo de esa MISERIA del alma, de los actos, de las traiciones que va dejando un rastro de muerte y desolación. Muerte de los valores fundamentales de la persona… muerte de la confianza, de la honestidad, de la compasión, de la valentía, de la esperanza, de la libertad, del amor… muerte de ese pedazo de humanidad que nos hace humanos…
Tal vez sea por eso que en ocasiones amanezco sitiada por la tristeza. Gris y desbrujulada… porque no puedo seguir respirando ese aire y prefiero dejarme llevar por la niebla, por esa soledad inocua y necesaria que me permite volver a reencontrarme con mi pedazo de humanidad aunque para ello tenga que andar cabeza abajo y aún no quiera saber dónde está la salida.
Tal vez, si lo intento, pueda redecorar esta niebla. He intentado muchas veces pintar mi realidad de otros colores, de otros olores, pero siempre reaparecen como una mala hierba que crece sin sentido… Sin embargo aquí solo estoy yo y la niebla y la corteza del árbol y la tristeza…aquí todo depende de mí y tal vez pueda transformar este bosque en un lugar cálido donde el viento suene a las cuerdas de un viejo violín y la niebla se amontone y se acurruque en forma de nubecita al pie de mi árbol y entonces deje paso a una pequeña ventana de luz.
Yo me recostaría allí para ver caer la tarde y escuchar los sonidos del silencio, los sonidos de ese viento que aprendió a tocar el violín y escribiría poemas sobre la tierra con una pequeña rama del árbol. Tal vez llorase de una vez todas mis lágrimas para hacer una pequeña laguna en medio del bosque y allí, justo allí llegaría la luna cada noche a susurrarme palabras de amor. Y yo le contaría historias. Le hablaría del mar, del sol, de los amaneceres, del esplendor del cielo cuando despierta sonrojado. Le hablaría de lo hermoso que es extender las manos y encontrar ternura, de la belleza que encierra descubrir, una mirada clara. Le hablaría de la risa de los niños, de su inocencia, de su humildad, de su mágica forma de ver las cosas más sencillas…
Si. Creo que eso haré. Voy a redecorar mi niebla. Y cuando termine, tejeré un vestido blanco con hilos de luna, coseré pequeñas hojas secas incrustadas en la cintura. Pintaré en mis ojos la bravura del mar. Recogeré mi cabello en una espesa trenza adornada con florecillas rojas, tomaré mi ramita de escribir poesías y la usaré de llave para abrir la puerta hacia el otro lado… y una vez allí, comenzaré de nuevo. Si. Comenzaré a redecorar mi realidad vestida de belleza, de ternura, de bondad. Si. Esta vez no permitiré que los olores ensucien mi espacio. Iré escribiendo poesía por los bancos del parque, en las paredes del metro, en las servilletas de un bar. En las fuentes de la plaza, en las farolas rotas, en los escaparates vacíos que me encuentre al pasar. Y hablaré de amor y de caricias. Regalaré sonrisas. Plagiaré a los niños para convertir lo cotidiano en mágico y veré a través de sus ojos la hermosa sencillez de las cosas más pequeñas.
Si. Eso haré. Y tal vez así ya no sienta la necesidad de morderme los pies y empezar a devorarme hasta que no me importe desaparecer. Y tal vez así pueda soportar los olores de la miseria… esa miseria que avanza como una plaga infectándolo todo a mi alrededor.
jueves, 3 de marzo de 2011
No te enfades, amor.
No te enfades, amor, no te enfades ya más..
Si, ya sé lo que dijimos..dijimos ¡para siempre! lo dijiste tú, lo dije yo y no era un arrebato tembloroso de espermas y pieles, buscando fundirse en el abismo del deseo en la brevedad del encuentro, no.
No era un suicidio de amor colectivo de mentes presentes, (la tuya, la mía) ni de cuerpos ausentes, (el tuyo y el mío) no.
Comenzó siendo una pincelada de colores sepia en un lienzo en blanco. Un punto lejano en el horizonte del pensamiento, nacido quizá, del íntimo anhelo de llegar a encontrarnos.
Y nos encontramos y convertimos la distancia en un mapa de papel plegado en las coordenadas exactas de una mirada…
Y entonces fue..
Fue la entrega, el desgarro, la pasión..Fue una vida. Una vida plena e inconclusa, rota y compartida a saltos, a tropiezos, a gritos y a silencios. Una vida de un día con un millón de días o de horas. Unas horas articulando el tiempo de la ausencia y la presencia.
Hicimos planes, tuvimos hijos, parimos sueños. Escribimos nuestra historia en la corteza de un árbol. Un árbol fuerte y robusto, quizá fuese un almendro con sus hermosas flores y sus aromas de invierno. Quizás nuestra historia perdure y escribamos un libro con letras de viento. Ese viento que recorre las praderas, desgasta el cielo, dibuja arrugas en las piedras y arrastra los escombros por las sendas, hasta formar una presa donde se acumula el agua cuando llueve la tristeza.
Si, ya sé. Ya sé que aún es temprano. Siempre pensamos que aún nos quedaba tiempo. Pero tengo que irme. Aunque me quede, sabes que me marcho.
Yo seguiré acariciando tu rostro cuando se incline la tarde. Seguiré recogiendo las hojas de aquel otoño en el que llegaste. Guardaré las caricias robadas en un estante y seguiré susurrando tu nombre hasta saciarme.
Quizás aplacé demasiado mi visita al médico. Siempre lo dejaba para luego…y ahora, en mi reloj de arena se acaba el tiempo.
Si alguna vez, tienes que llorar, hazlo. Pero no te enfades, ni te abraces al llanto. Aún me queda tiempo para ver una última sonrisa y quiero que sea la tuya.
martes, 22 de febrero de 2011
Amor tatuado de olvidos
Hoy os quiero contar una historia. Una bella historia que no es de un amor tradicional, de los de antes, supuestamente “verdaderos y eternos”. No. Este no es un amor de pegamentos en un documento firmado, ni de anillos, es simplemente una historia de AMOR, mayúsculo, desgarrado, entregado, consentido, recibido, olvidado, recordado… siempre recordado. Perpetuidad de amor tatuado de olvidos.
Esta historia comienza en un pequeño pueblo, recogido entre montañas, con aromas de pinos y humedades frías en los tejados. El entorno era impresionante. La ubicación. El paisaje. Las calles y los edificios mostraban aún la esencia de un tiempo pasado. Mi presencia allí era casual. A última hora me habían asignado hacer un reportaje rutinario sobre el lugar, sus gentes, sus costumbres, su vida cotidiana. Allí vivía una extraña mujer cuyo nombre nadie supo decirme. Me llamó la atención su rostro, sus ojos, esos ojos…nunca olvidaré la expresión de su mirada. No tendría más de cuarenta o cuarenta y cinco años. Tenía una belleza calmada, sencilla, atípica, pero su mirada… esa mirada me conmocionó, me cautivó.
Cuando la vi estaba sentada en un banco cercano a un mirador. Desde allí se podía conquistar con la vista hasta las cimas más altas de las montañas. Me acerqué despacio, no quería asustarla.
- ¿Puedo hacerle unas preguntas?
Ella alzó la mirada. En sus ojos había una nube de lágrimas, una tristeza del color del mar, de la inmensidad del océano. Con mucha suavidad me dijo:
- Pregunte.
Yo, me quedé en silencio por unos instantes. De pronto ya no me importaba aquel lugar, ni sus gentes, ni mi reportaje. Solo quería saber por qué. ¿Por qué una mujer puede reflejar tal tristeza en unos ojos tan bellos pero al mismo tiempo expresar una ternura infinita en su mirada?. ¿Por qué? Esa era la única pregunta que quería hacerle.
- ¿Se encuentra bien? Es decir…. Yo…. No he podido evitar ver sus lágrimas y me preguntaba si se encuentra usted bien.
Ella me sonrió con dulzura. Apartó un instante la vista y como en un susurro, como si hablara consigo misma, muy quedamente me dijo:
- Si, querida. Estoy bien. (Volvió a callar durante unos minutos y después mirándome de nuevo fijamente a los ojos me dijo:) ¿Sabe usted lo que es el amor?
Yo permanecí en silencio. No era una pregunta. Era el inicio de una historia, de su historia. Con la misma suavidad, casi en un susurro comenzó a hablar:
- Digamos que él llegó hasta mí como un mensaje en una botella. Era una carta preciosa, llena de matices, que le daban un tono ocre-rojizo al paisaje que mostraba. Yo contesté aquella carta. Y empezó un intercambio de palabras, de cartas, provistas de prudentes credenciales al principio y que con el paso de los días, de los meses, se tornaban en verdaderas cartas sumergidas en torrentes de pasión, de vida, de momentos cautivos donde poder volar en libertad.
Las palabras escritas, las suyas, las mías. Rasgaban el aire, acariciaban soledades, invadían rincones perdidos en el tiempo, penetraban en los poros de la piel más recónditos, hasta provocar el primigenio y primitivo ardor del ser.
Y le amé… más allá de la lógica de los sentidos, más allá del amor corpóreo, más allá de la inmensidad de los océanos, más allá de la luz que despoja de razón las madrugadas, más allá de mí, de él. Le amé.
De pronto, ella dejó de hablar. Yo contuve la respiración. Ahora en sus ojos había fuego, sus pupilas se habían dilatado y su mirada era una cascada de emociones. Intensa, penetrante, perturbadora.
- Y…. ¿qué ocurrió? (Le pregunté yo con inquietante curiosidad)
- Enloquecí… Le amé… tatué en mis entrañas su nombre y enloquecí. Ahora soy una loca condenada a la perpetuidad del olvido. Encadenada a la cordura de mi realidad. Pero sabe una cosa….a pesar de mi locura y su cordura o viceversa… a pesar de los estragos del tiempo desmedido…..a pesar de lo efímero de la vida en un silencio perpetuo… nadie podrá jamás arrebatarme la belleza de este amor.
De nuevo me sonrió con ternura, se levantó y se marchó.
Yo hice un reportaje mediocre y me marché de aquel lugar. Con el tiempo olvidé el reportaje, el nombre del pueblo, pero jamás pude olvidar el amor, la ternura y la tristeza que esa mujer llevaba tatuada en su mirada, en su cuerpo, en su alma.
Fin J
sábado, 12 de febrero de 2011
Los silencios
Yo solo era una niña, pero recuerdo con total nitidez las historias que me contaba aquella peculiar señora de cabellos blancos, rostro amable y mirada triste.
Vivía al otro lado de mi pared pero dentro de mi vida. En las frías tardes de invierno, después de hacer los deberes, me colaba en su casa con cualquier excusa para instalarme en su mesa camilla. Ella siempre tenía una sonrisa para mí y una historia que contar.
Su favorita era la de “ Los silencios”, como ella solía llamarlos:
- Yo era apenas una cría cuando estalló la guerra – solía decirme - Una guerra cruel donde las haya, una guerra de hermanos, de pueblos, de hambre y de pobreza…….. una guerra de ignorancia.Como yo, muchas mujeres, vivían en silencio. Un silencio vestido de miedos, temores y desconfianzas.
- Cuando se oía el ir y venir de los soldados por las calles, los disparos, los gritos, la desesperación………. Y el silencio; cuando los hombres desaparecían, dejando un rastro amargo, solo quedaba el silencio, el silencio de las viudas, de las madres, de las hijas……….
A veces, hacía una pequeña pausa y sus ojos brillaban, con la mirada pedida, como si estuviese otra vez en aquel lugar. Luego respiraba profundamente y de sus labios brotaba una amarga sonrisa antes de continuar:
- Después de la guerra, las cosas no mejoraron demasiado, al menos no para aquellos que como yo, vivíamos en uno de esos pueblos habitado por los vencidos. Decían que habíamos perdido la guerra y yo muchas veces me preguntaba ¿ acaso no hemos pedido todos en esta guerra?Poco después de finalizar la guerra mi familia se mudó a una gran ciudad, con la esperanza de encontrar en el anonimato una pizca de esa humanidad perdida.Pasó mucho tiempo antes de que pudiese sentir dentro de mí una cierta normalidad. Mis padres habían envejecido de pronto, era una vejez del alma, de esas que no se viven, solo se sufren. El desconsuelo en sus miradas era constante y no les abandonó ni un solo momento hasta el final de sus días.
Aquí, mi querida amiga volvía a hacer una pausa, en la que intentaba digerir el dolor que le causaba sus recuerdos. En muchas ocasiones, su historia terminaba aquí... no era capaz de cruzar ese puente. Otras veces, continuaba y me explicaba cómo consiguió hacer frente a las adversidades en una sociedad en la que la mujer tenía un papel restringido casi exclusivamente a la familia, al silencio social, a la inexistencia como persona con identidad propia.
Desde mi generación, podría parecer que todo esto ha quedado muy lejano, que son historias de antaño que nada tienen que ver con la realidad actual. Que gracias a la lucha de miles de mujeres como mi querida amiga, se abrió un camino desde el silencio hacia la igualdad.
Pero si bien es verdad, que me siento afortunada por tener la posibilidad de disfrutar del estado de bienestar que estas mujeres nos han proporcionado, es igualmente cierto que es responsabilidad nuestra continuar con una labor inacabada.
Aún hoy, en pleno siglo XXI, podemos ver discriminación y desigualdad en nuestro entorno laboral. Aún hoy, hay mujeres en el mundo que son vendidas, tratadas como mercancía o como objetos sexuales. Aún hoy…. Hay millones de mujeres que viven en silencio….. los silencios……
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